La adolescencia es entendida como la época más difícil de la vida humana, ya que es cuando se producen unos cambios físicos y psicológicos que marcarán un antes y un después en nuestras vidas. Es el momento de transición en el que dejamos de ser niños para convertirnos en adultos, y es una etapa complicada tanto para los propios adolescentes como para el entorno familiar. Esto ocurre ya que los jóvenes ni siquiera se entienden a ellos mismos y no saben qué está sucediendo, lo que lleva a que padres y madres tampoco les entiendan. Es importante saber cuáles son estos cambios que sufren los adolescentes para poder entenderles y adaptarnos a ellos lo mejor posible. Para vuestra tranquilidad, esta etapa es transitoria y tiene una duración de unos 5 años aproximadamente.
CAMBIOS FÍSICOS Y AUTOESTIMA
En primer lugar, la pubertad o adolescencia inicial comienza en torno a los 10-12 años, después se da la adolescencia media hacia los 13-15 años y finalmente la adolescencia tardía, entre los 16 y 18 años. Los cambios físicos comienzan en chicos entre los 12 y 13 años y terminan en torno a los 16-18, y son el aumento del tamaño de los testículos, la aparición del vello corporal y el cambio de voz, entre otros. En cuanto a las chicas, comienzan a sufrir los cambios entre los 10 y los 11 años y acaban a los 14-16. En ellas, se produce un ensanchamiento de las caderas, el crecimiento del pecho, aumenta la grasa corporal, el tamaño del útero y la vagina, y aparece también el vello. Además, un cambio muy importante en las adolescentes es la aparición de la menstruación en torno a los 12 años.
Es importante destacar el autoconcepto y la autoestima que se desarrolla en esta etapa. El autoconcepto, es la imagen que la persona posee de sí misma, mientras que la autoestima es la valoración, positiva o negativa que se hace sobre esa imagen. Estos cambios físicos que hemos mencionado afectarán al desarrollo psicológico de los adolescentes, que repercutirá en el autoconcepto y la autoestima. Cuando la pubertad se da de manera precoz, es decir, los cambios físicos se producen más pronto, las chicas tienen peor imagen de sí mismas, se producen abundantes quejas sobre su aspecto, aparecen complejos, sentimientos de angustia y de vergüenza, llegando a ocultar sus signos externos por temor a llamar la atención, sin embargo, la pubertad precoz en chicos es bien recibida ya que se identifican con un mayor fortalecimiento muscular, capacidad atlética, etc. Cuando la pubertad es tardía ocurre a la inversa, los chicos se consideran más débiles y las chicas se mostrarán más seguras de sí mismas.
CAMBIOS PSICOLÓGICOS
Ya hemos dicho que los cambios físicos producirán cambios psicológicos en los adolescentes, los cuales si son positivos serán bienvenidos, pero si son negativos repercutirá en su autoestima y como consecuencia, en su comportamiento.
En esta etapa se produce el desarrollo de la personalidad de los individuos, concretamente el desarrollo del yo y de la identidad personal, pues los adolescentes presentarán un deseo de emancipación e independencia, es decir, se dan cuenta de que ya no son niños/as y que lo que dice mamá y papá ya no es siempre lo válido y universal, sino que son conscientes de que ya son capaces de formar ideas y pensamientos propios, con lo cual, esto hará que se rebelen contra las figuras de autoridad, y cuestionen todo lo que dicen sus padres. De ahí a que nos preguntemos “¿por qué ya no me hace caso?”, “por qué lo discute todo?” y es por su deseo de emancipación y lo que algunos autores como Piaget, llaman “egocentrismo adolescente”. Por otro lado, estas opiniones que se forman no siempre son las correctas y por ello nos vemos en la necesidad de luchar contra ello. Ni siquiera ellos mismos entienden sus decisiones, ya que se encuentran en una etapa de ambivalencia y oscilan entre sentimientos de superioridad e inferioridad, porque muchas veces se encuentran inseguros. Esto es la confusión de su identidad.
Podemos identificar dos sucesos claros que se producen en el pensamiento adolescente y que nos hará comprender su comportamiento, según Elkind: La “audiencia imaginaria”, que es la obsesión que tiene el adolescente por la imagen que los demás poseen de él, por ello, o se juzga excesivamente autoexigiéndose y produciéndose con ello una baja autoestima, o por el contrario pensando que tienen la razón en todo y con aires de superioridad, reflejándose esto en expresiones como “todo el mundo se va a reír de mi” o “todos me miran”, etc. y la “fábula personal”, que es la tendencia a considerar sus experiencias como únicas e irrepetibles, es el caso de expresiones como “esto solo me pasa a mí”, “soy la única que suspende”, etc.
Además, en esta etapa que defiende Kolhberg como la “convencional”, los adolescentes, aunque comiencen a cuestionar las opiniones de los adultos, todavía necesitan su aprobación para sentirse seguros aunque ellos mismos lo nieguen.
Por otro lado, hemos de saber que la familia deja de ser el principal referente para ellos y que comienza a cobrar más importancia el círculo de iguales, las amistades. Antes, el modelo a imitar eran los padres, ahora se imitará a los amigos.

LAS CINCO CLAVES PARA TRATAR CON MI HIJ@ ADOLESCENTE
Es muy importante la comunicación con nuestros hijos/as, especialmente en esta etapa. Aunque ellos parecen ser que no escuchan o que no lo quieren hacer, sí lo hacen. Ellos nos dirán “no vengas a verme al baile de fin de curso”, pero realmente si no vamos, esto le llevará a pensamientos de inferioridad y a pensar que “sus padres no le quieren”. Es contradictorio, pero de eso se trata la adolescencia. Así que deberemos ir, pero no ponernos en la primera fila ni gesticular, hemos de ser discretos. También te dirán “no me agobies”, cuando les preguntas, pero en el fondo necesitan que lo hagas, pues ellos quieren que sus padres se preocupen aunque siempre lo nieguen. Por tanto, en lugar de hacer cuatro preguntas seguidas, hacer una. Con esto queremos decir que aunque los adolescentes no muestren sus sentimientos, sí necesitan el cariño y el afecto de sus padres, lo que previene problemas de inseguridad, autoestima o trastornos psicológicos en la vida adulta.
Aquí están las 5 claves para tratar con nuestro/a hijo/a adolescente:
- No debemos tenerles miedo. Sobretodo, en la adolescencia temprana (10-13 años), es importante establecer un buen vínculo de comunicación con nuestros hijos e hijas para prevenir situaciones difíciles, o que si ellos se encuentran ante ellas, saber enfrentarse y saber que estamos ahí para ayudarles. En esta etapa todavía son más receptivos a escucharnos y por tanto, es bueno hablarles de la salud sexual, drogas y otras conductas antisociales perjudiciales.
- Ser unos padres democráticos. Más abajo tenemos una gráfica de los estilos parentales. Unos buenos padres son los que muestran a sus hijos afecto y además ponen límites. Debe haber un equilibrio entre cariño-normas. Los padres autoritarios se identifican por ser muy estrictos en sus normas y dar poco afecto, lo que crea en los adolescentes sentimientos de inferioridad y de baja autoestima. Los padres permisivos dan mucho cariño pero no establecen límites, por lo que hará que los adolescentes adopten conductas más agresivas. Por último, los padres indiferentes, ni dan cariño ni ponen límites y también crearán sentimientos de baja autoestima y conductas antisociales como el consumo de alcohol y drogas en sus hijos/as. Por tanto, la educación por parte de los padres debe ser lo más equilibrada y democrática posible, dándoles afecto, escuchándoles, negociando y establecer normas claras, cerciorándonos de que las entienden.

- Establecer límites. Un adolescente no puede estar muchas horas fuera de casa, debemos fijar una hora de entrada y salida, y saber dónde están y con quién en todo momento, pues son menores y no podemos dejarles hacer libremente lo que quieran, porque ellos no conocen los riesgos y se encuentran en esa etapa de búsqueda de sensaciones nuevas. No podemos elegir sus amistades pero podemos facilitarles amistades adecuadas, si no nos gustan sus compañías, podemos apuntarles a actividades donde conozcan gente nueva, presentarle a nuevos amigos, etc. También nos podemos llevar a sus amigos con nosotros y hacer actividades de ocio juntos para evitar conductas inapropiadas o lugares que les malinfluencien. En cuanto a los móviles, también deben tener un horario, y no utilizarlo en la noche (al menos no sin nuestro control), saber en qué redes se meten, y con quién se relacionan. Tenemos todo el derecho de poder coger el móvil de nuestros hijos y ver lo que hacen, ya que son menores, al menos hasta los 16-17 años. Así podremos evitar que se den casos de ciberbullying, ciberacoso, violencia de género, drogodependencias, etc.
- Poner castigos realistas y establecer refuerzos a largo plazo. Los castigos que propongamos deben ser alcanzables y deben cumplirse, por ejemplo, no decir “nunca más te dejaré la tablet”, porque sabemos que no lo vamos a cumplir. Además, debe haber una coherencia entre el padre y la madre. Una madre no puede decirle a su hija que el fin de semana no sale, y que después el padre le deje salir. Por ejemplo, si suspenden, les podemos decir que este trimestre si aprueban, les reforzaremos con premios, que no tienen que ser siempre materiales. Podemos, por ejemplo, decirles que se pueden ir a casa de un amigo unos días, que se podrán ir al viaje de fin de curso, etc. Pero siempre con frases positivas, como “si apruebas irás al viaje” y no “si suspendes no irás al viaje”. La segunda frase es amenazante y crea en ellos hostilidad hacia nosotros y ese deseo de querer rebelarse para autoafirmarse, una necesidad innata en el adolescente, como antes hemos explicado.
- Dar ejemplo. Es muy típico decirle a nuestro hijo “¡no grites!”, mientras nosotros lo decimos gritando o “no fumes”, cuando nosotros lo estamos haciendo. Los padres y madres somos el modelo de nuestros hijos/as y ellos harán lo que nosotros hagamos.
Así que para tratar bien con nuestro hijo/a adolescente, deberemos primero conocer qué cambios físicos y psicológicos están viviendo, y a partir de ahí, establecer un ambiente de comunicación afectiva y establecer límites adecuados a sus edades.
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